Aguas que van y vienen, es un río o más bien un maremoto, con cambios de luna, de temperatura, olas que destrozan castillos de arena y crean dibujos en las rocas, sonidos de relax hasta el punto de marear, marea, que bonita palabra, con olor a lejanía, esos viajes de pequeño, que cuando con el coche, a lo lejos veías que el cielo cambiaba de color, abrías las ventanas y descubrías que ese azul oscuro no era ambiente, era mar.
Y todos chillando, agua, veo el mar… se notaba que éramos de interior.
Que sensación la de pisar la arena, cada granito se recoloca para dibujar tras de ti la forma exacta de tu planta del pié, pasos hechos velozmente, mientras te quemas y vas saltando, como si ese segundo en el cielo hiciera que la arena quemara menos, mientras en tu mente dibujas tu pié completamente rojo. Hasta que llegas a la toalla y te tumbas, notando la piel quemada, casi a la parrilla (estilo Lomana) y esas gotitas de sudor que tu cuerpo desprende por todas partes, sobretodo las que no tocan al cielo, las que no se llevan esa brisa marina que tanto amas mientras estás tumbado al sol, deseando ser el más moreno de tus amigos, aun sabiendo que tu dermis no soporta mucho el tema de la tanorexia.
Inspiras.
Es ese el momento en que te planteas si ir al agua y lo comentas en alto, de la decisión de tus amigos dependerá tu acto, te bañaras, jugaréis y otra vez a torrarse al sol.
En definitiva, un día en la playa de verano.
Reminiscencia, quizás inservible a estas alturas, pero que bonito es recordar las sensaciones. Ahora toca practicar la de la manta en el sofá viendo una peli con buena compañía… tampoco está nada mal, aunque esta vez, lo que estará ardiendo no serán las plantas de los pies.
Muchos besos y espero que disfrutéis de las fotos.
Marc
Fotos de Lidia Juvanteny
Estilismo Pol Martinez














































