El amor de familia siempre ha sido algo que me ha llamado la atención; todo el mundo da por obvio que los familiares se quieren entre si, pero pocas son las familias bien avenidas.
Por diferencias políticas, futbolísticas, herencias o dinero en general... cualquier motivo es bueno para decir eso de: “Yo no hablo con mis tíos”.
Pero hoy, en este texto os voy a contar una historia que no tiene nada que ver con esto, es una historia real, con un personaje real llamado Mª Dolors.
Todo empieza así:
Mi relación con mi abuela siempre ha sido genial, ambos nos hemos explicado nuestros secretos más íntimos desde que era un niño, ella fue la primera en saber mis circunstancias cuando vivía en el pueblo, mis problemas en la adolescencia y mis sentimientos unos años más tarde.
Se ocupó de enseñarme a rezar, cada noche se ponía al lado de mi cama a contarme historias de la biblia, rezábamos juntos y descansaba como un angelito, domingo tras domingo la acompañaba a la iglesia y hasta algunos viernes, para limpiar el altar del que se ocupa mi familia en la iglesia del pueblo.
Sin duda el nieto perfecto, educado en el colegio ideal que encima estudia la carrera de sus sueños, con amigos fantásticos y unas novias discretas, educadas y preciosas.
Muy americano todo.
Pero luego llegó un bache, esos momentos de duda, de crecimiento interno, de miedo, que no supe superar.
Psicólogos, psiquiatras, médicos… hasta un psicoanálisis que fue definitivo, por fin sabía que me pasaba, ya entendía todo, empezó allí un cambio de vida.
Mudarse a Barcelona fue la primera decepción, un año sabático en la universidad fue la segunda, el piercing en la lengua tampoco fue tomado como algo agradable a ojos de la hasta entonces orgullosa abuela, de modo que no era momento para enfrentarse a la verdad, al motivo de tanto desajuste mental.
Mucha gente es capaz de esconder su identidad a lo largo de toda la vida, años y años ocultando, tapando o modificando una realidad, aun siendo evidente son capaces de mirar para otro lado, pero eso no era lo que pasaría en ese caso.
Uno de los pocos fines de semana que la familia estaba unida desde mi mudanza fui a la casa de mi abuela un par de horas antes de la comida; juntos colgamos tomates en la azotea, una especie de apartamento “vintage” con todos los muebles de la antigua casa, chimeneas, hornos, camas de madera… un museo a ojos de un joven y mucha basura a ojos de la abuela.
Entre tomates y butacones, la rara pareja de amigos hablamos sobre la vida y los cambios que en esta había sufrido en los últimos años, hasta que estalló la verdad.
Una portada de una revista del corazón no hubiera sido tan taxativa cómo esa información, “Padrina, me gustan los hombres” acompañado de un puñal en forma de palabra “soy marica”. La respuesta fue como una lluvia inesperada, “Eh?, ¿como dices?, ¿tú?” seguido de dubitación, “¡imposible, he conocido a tus novias!”.
La conversación siguió a bajo, en el salón, junto con un café y unas galletas de la tienda del pueblo. Horas más tarde habían hablado de sexo homosexual, religión y gays, praxis sexual y diferencias entre la dilatación anal y la vaginal… una conversación algo extraña en un salón donde reinaban dos butacones dorados y un marco de la primera comunión de cada uno de los cuatro nietos.
Más tarde la noticia llegó al abuelo, un señor de setenta y muchos años, agricultor, clásico y religioso, que no ha visto un gay en su vida.
A lo que dijo con los ojos llorosos la frase que más orgulloso me hace estar de mi familia.
“Le quiero, le adoro y le respeto; que haga lo que quiera, no me importa con quien se acueste, con quien duerma o viva, sólo quiero que sea feliz”.
Dicho esto, queda claro que la apertura de mente no depende de la edad, sino del amor y del respeto.
Gracias familia por ser así, no hay suerte más grande que la querer y ser querido; respetar y ser respetado. No hay suerte más grande de tener en mi apellido vuestros nombres.
Y después de un abrazo, nos fundimos en una sonrisa, “Us estimo”, les dije, “i nosaltres a tu Marc”, respondieron.
Y ahora que alguien me diga que los mayores no están preparados para esto, o que soy egoísta por haber abierto mi corazón a las personas que más quiero.
Marc
PD: tengo que decir que mi abuelo, Marcel, es mi proveedor de ropa Vintage.