Dulzura, que palabra tan bonita, recuerda a caramelos de
colores, a vivencias rodeadas de calor y risas tontas. Dulzura, como la que
tienen los bollos, los donuts y los cupcakes, si, esas magdalenas con
mantequilla que se han puesto de moda y son riquísimas y carísimas, y por
descontado, engordan. Es que todo lo dulce engorda directa o indirectamente.
El amor, dicen que es dulce; pues también engorda. De forma
directa engorda alguna zona en concreto y de forma indirecta engorda a todo uno
en general. El amor va reñido a la seducción y el noviazgo, para desarrollar
correctamente estos dos factores se suele complementar con cenas, meriendas,
desayunos, bombones… vamos, que el noviazgo produce una sobre explotación
alimentaria en sus usufructuarios.
La tradición popular suele comparar la gordura con simpatía,
felicidad, alegría… por eso, todos los modelos, actores, famosos y ricos en
general son tan gordos (todos al borde de la anemia).
Consecuentemente, tras comprobar que el refranero español es
puramente sensacionalista, demagogo e hipócrita he decidido no hacerle mucho
caso y empezar a crear mis pequeñas notas mentales, en las que también soy
sensacionalista, demagogo, hipócrita y ante todo subjetivo, pero al menos me
afectan únicamente a mi.
Os dejo con una merienda entre pastelitos caros y monísimos,
para que veáis lo feliz y alegre que estoy en mí día a día. Nota mental: Comer
más bollería industrial, mi monedero lo notará.
Muchos besos dulces,
Marc












